DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO

EL CAMINO ES SUPERIOR A TUS FUERZAS

Un breve contexto para situarnos en el evangelio de hoy

Hemos llegado al XIX Domingo del Tiempo Ordinario, y la Liturgia de la Palabra que nos ofrece la Iglesia para este día forma parte de una serie de lecciones discipulares que hace tres semanas se inauguraba con el episodio de la multiplicación de los panes y los peces. Efectivamente, no podríamos darle sentido al fragmento del evangelio de este día si no hemos seguido la línea del relato a lo largo de las semanas: la multitud que sigue al Señor tiene hambre y un joven ofrece a los apóstoles cinco panes y dos peces, los mismos que Jesús utiliza para realizar el signo de la multiplicación; el hambre de la gente y la generosidad del joven se convierten en la excusa perfecta para que Jesús realice un gesto claramente eucarístico y, con él, ofrezca un anticipo de lo que será su entrega definitiva. A continuación, Jesús desaparece de la vista de los que se han saciado con los panes, y ellos, preocupados por no verlo a él ni a sus discípulos, lo buscan hasta encontrarlo. El Maestro, que conoce lo profundo del corazón, sabe que no es la fe ni el deseo de conocer el reino de Dios lo que los mueve, sino el hambre. En este contexto entra el evangelio de hoy.

Ellos no saben dónde fijar su asombro

El signo de la multiplicación de los panes y los peces es desconcertante, pero el evangelista san Juan no nos dice que quienes comieron de ellos hayan sentido un asombro especial al presenciar el gesto que Cristo ha realizado ante sus ojos. Tal vez comieron desprevenidos. Sin embargo, cuando Jesús, valiéndose del signo, se presenta a sí mismo como el Pan que ha bajado del cielo, sí surge en la multitud un asombro negativo, pues ellos lo conocen y saben que es un hombre (no un pan), que tiene una familia y que ha crecido junto a ellos. Es verdaderamente simpático que para los judíos cause más asombro la predicación que el gesto mismo, pero es que en Jesucristo la palabra y los gestos van de la mano y la fe, al menos en lo ideal, surge del asombro ante la palabra y la acción de Dios que se revela.

Cristo es el Pan para la eternidad

La obstinación de esta multitud que no quiere aun dar el salto a un reconocimiento en la fe, no se considera una frustración del proyecto salvífico, el cual se consumará en el ofrecimiento de Cristo al Padre (del mismo modo como ha ofrecido el pan que ha multiplicado y como lo ofrecerá también en la última cena). Jesús aprovecha, entonces, la ocasión para lanzar una invitación profética: que todos sean “discípulos de Dios” para que trasciendan lo temporal y aspiren a lo eterno. En efecto, el pan que han comido, así como el maná que Dios enviaba al pueblo del desierto, después de digerirse desaparece y de nuevo regresa el hambre, pero Cristo, que es un pan que alimenta por su palabra y por sus gestos, hace desaparecer la verdadera hambre del hombre, que no es la del estómago sino la del corazón.

Y nosotros, ¿de cuál pan nos alimentamos?

Hoy, en la primera lectura, el profeta Elías recibió de un ángel la orden: “!Levántate, come!, que el camino es superior a tus fuerzas”. Si existencialmente hay en el ser humano un sentimiento de insatisfacción porque el mundo, más que saciarlo, lo fatiga; si los cristianos tenemos hambre porque sentimos que nadamos contra la corriente; si las familias se desmoronan porque los problemas son más grandes que la voluntad de sanar los corazones, entonces es porque no nos alimentamos del pan de vida eterna.

Meditar cada semana el evangelio no nos aleja de sentir el hambre que el mundo nos produce, pero si nos garantiza que sepamos dónde buscar el alimento y nos inserta en la misión de llevarlo a tantos que buscan una palabra que los aliente, que necesitan recobrar las fuerzas para seguir en el camino.

Nosotros tenemos ese Pan que ha bajado del cielo delante de nuestros ojos y lo hemos reconocido, lo hemos contemplado, escuchado e invocado y nuestros rostros se han llenado de resplandor; hemos descubierto cuán bueno es y nos hemos acogido en su regazo.

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