Domingo XXV del Tiempo Ordinario

– Sab 2, 12. 17-20. Lo condenaremos a muerte ignominiosa.
– Sal 53. R. El Señor sostiene mi vida.
– Sant 3, 16 — 4, 3. El fruto de la justicia se siembra en la paz para quienes trabajan por la paz.
– Mc 9, 30-37. El Hijo del hombre va a ser entregado. Quien quiera ser el primero, que sea el servidor de todos.

La primera lectura, del libro de la Sabiduría, fue escrita siglos antes de Cristo y, sin embargo, da la impresión de que describe lo que vivió Jesucristo en su pasión: «Si el justo es hijo de Dios, él lo auxiliará y lo librará de las manos de sus enemigos». Dice el Ev.: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará». Sus discípulos no entendían aquello, tanto que discutían entre sí quién sería el más importante. Él les dijo que «quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos» (Ev.). Un aviso muy importante para la comunidad cristiana, pues tantas veces caemos en el pecado de las envidias y peleas, queriendo averiguar quién manda más (cf. 2 lect.)[1].

Clave de lectura.

El domingo anterior, el evangelista Marcos nos comienza a narrar el camino decisivo hacia Jerusalén, que culminará con la muerte y resurrección. De hecho, allí se nos narra que luego del reconocimiento de Pedro sobre la persona de Jesús como Mesías, es este mismo el que se siente con cierta autoridad sobre Jesús de reprocharle cuando por primera vez le anuncia al grupo de los apóstoles el rechazo que va a sufrir, su pasión y muerte, que dará paso a la resurrección.

En el Evangelio que meditamos para este XXV domingo del Tiempo Ordinario, vamos avanzando en este itinerario hacia la Pascua de Jesús, donde se pondrá de relieve el contraste de la mentalidad de los discípulos y la voluntad de Jesús de llevar a cabo en su persona la obra del Padre.

Jesús anuncia por segunda vez «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará» (Mc. 9, 31). Los discípulos aparte de no comprender lo que acaban de escuchar, tienen miedo de pedirle explicaciones de lo que les ha dicho, lo que evidencia precisamente esta distancia en la mentalidad, pues los discípulos piensan en un mesianismo acomodado a sus ideas, a las ideas del mundo, un Mesías “hecho a su medida”, mas no según la voluntad de Dios, pues esperan a un gran militar con tropas, armamento, generador de una gran revolución donde ellos, sus más cercanos, tendrán puestos de mando. Es por esto que sin entender -incluso sin la intención de hacerlo- el anuncio de la pasión, estos discuten sobre quién es el más importante de entre ellos (cf. Mc 9,34). Definitivamente en la persona de Jesús se hace realidad lo anunciado por el Profeta: «Mis planes no son sus planes, sus caminos no son mis caminos» (Is 55, 8).

A ese respecto, se puede hacer una relación entre la primera y segunda lectura, donde se puede escudriñar la intención malvada del hombre que no acepta a Dios en su vida si éste no está hecho “a su medida”: «Acechemos al justo, que nos resulta fastidioso: se opone a nuestro modo de actuar, Lo someteremos a ultrajes y torturas, para conocer su temple y comprobar su resistencia.” (Sab. 2, 12. 19). Así, los hombres que asumen en sí mismos la voluntad de Dios son despreciados y maltratados, rechazados y desestimados (cf. Is. 53, 3); desde esta lógica quienes buscan el poder según los estándares del mundo, realizan lo que denuncia Santiago: “Donde hay envidia y rivalidad, hay turbulencia y todo tipo de malas acciones (…) Ambicionan y no tienen, asesinan y envidian y no pueden conseguir nada, luchan y se hacen la guerra, y no obtienen porque (…) porque piden mal, con la intención de satisfacer vuestras pasiones” (Sant 3, 16. 4, 1-3). Pensar que el mal mismo comenzó cuando el hombre quiso ser igual a Dios en el conocimiento del bien y del mal (cf Gn. 3, 4), y que esta lógica mundana sigue afectando a tantos por las guerras, luchas y violencias.

En contraste, la lógica de Dios y la lógica de Cristo es la del servicio y la de la pequeñez, una medida que rompe todos los paradigmas humanos: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos».

El servicio es la dignidad más alta de la vida bautismal: somos sacerdotes, profetas y reyes, porque ofrecemos nuestra vida como sacrificio a Dios en el servicio a los hermanos, constituyéndose en el anuncio más creíble del Evangelio, una Buena Nueva hecha vida en los discípulos.

Para mostrar a los discípulos la grandeza del Reino, les presenta un niño como ejemplo a seguir: «El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado». “¿A quién pondrá en el medio hoy, aquí, en esta mañana de domingo? ¿Quiénes serán los más pequeños, los más pobres entre nosotros, aquellos que tenemos que acoger a cien años de nuestra independencia? ¿Quién no tiene nada para devolvernos, para hacer gratificante nuestro esfuerzo y nuestras renuncias? Quizás son las minorías étnicas de nuestra ciudad, o aquellos desocupados que deben emigrar. Tal vez son los ancianos solos, o los jóvenes que no encuentran sentido a la vida porque perdieron sus raíces”.[2]

Para concluir, estas palabras del Papa Emérito Benedicto XVI: “No cabe duda de que seguir a Cristo es difícil, pero -como él dice- sólo quien pierde la vida por causa suya y del Evangelio, la salvará (cf. Mc 8, 35), dando pleno sentido a su existencia. No existe otro camino para ser discípulos suyos; no hay otro camino para testimoniar su amor y tender a la perfección evangélica”.[3]


[1] Tomado de: https://misadiaria.blogspot.com/2021/08/domingo-19-septiembre-2021-xxv-domingo.html

[2] Homilía del Papa Francisco en la Santa Misa del Parque Santakos de Kaunas, Lituania. Domingo, 23 de septiembre de 2018.

[3] Papa Benedicto XVI, Ángelus del 26 de septiembre de 2006.

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