Pilar Académico

El testimonio que se exige a los que ejercen el Ministerio sagrado, tiene una dimensión intelectual inherente e insoslayable. Los pastores han sido, tradicionalmente, hombres capaces de dar respuesta a múltiples interrogantes de la humanidad, tanto a nivel bíblico y teológico, como a nivel humano y filosófico. Por eso se pide al candidato que:

  • Haya concluido los estudios secundarios y que cuente con el documento oficial que los avale.
  • De muestras de poseer suficientes capacidades intelectuales para enfrentar satisfactoriamente los estudios superiores.
  • Tenga las habilidades suficientes para leer y escribir, comprensión de lectura y capacidad para expresarse de manera verbal y por escrito en un sentido lógico, sin graves dificultades de atención o aprendizaje.
  • Tenga o que esté en disposición de alcanzar un claro conocimiento de la realidad nacional y un sentido crítico frente a la misma.
  • Muestre deseos y gusto por aprender y por afianzar la formación de la fe con el estudio, como un medio para servir al señor en la Iglesia.

La formación intelectual busca que los seminaristas obtengan una sólida competencia en los ámbitos filosófico y teológico, y una preparación cultural de carácter general, que les permita anunciar el mensaje evangélico de modo creíble y comprensible al hombre de hoy, entrar eficazmente en diálogo con el Mundo contemporáneo y sostener, con la luz de la razón, la verdad de la fe, mostrando su belleza.

Con dedicación diligente, los candidatos al presbiterado deberán prepararse, a través de la profundización en las ciencias filosóficas y teológicas, con una buena introducción al derecho canónico y a las ciencias sociales e históricas, a “dar razón de la esperanza” (cfr. 1 Pe 3, 15), para favorecer el conocimiento de la Revelación de Dios y conducir a todas las gentes a la obediencia de la fe (cfr. Rm 16, 26).

La razón abierta al misterio de Dios y orientada hacia Él, permite una acogida sólida de la Revelación, favorece la profundización de sus contenidos y ofrece los instrumentos y el lenguaje para anunciarla al Mundo. Como ha afirmado el Concilio Vaticano II, el conocimiento filosófico y teológico ayuda a «auscultar, discernir e interpretar, con la ayuda del Espíritu Santo, los diferentes lenguajes de nuestro tiempo y juzgarlos a la luz de la palabra divina, para que la Verdad revelada pueda ser percibida más completamente, comprendida mejor y expresada más adecuadamente»

El estudio profundo y orgánico de la filosofía y de la teología es el instrumento más apto para la adquisición de aquella forma mentis que permite afrontar las preguntas y los retos que se presentan en el ejercicio del ministerio, interpretándolas desde una óptica de fe.