DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO

El Evangelio parte de un hecho (“algunos de sus discípulos comían sin purificarse, es decir sin lavarse las manos”. v. 2) y de una pregunta (“¿Por qué tus discípulos no guardan la tradición recibida de los antiguos, sino que comen sin purificarse?”. v.5) para desarrollar una enseñanza de Jesús. Se sabe que los judíos realizaban ciertos rituales de purificación que los “cualificaban” para el culto a Dios y expresaban su religiosidad. (Cfr Levítico 15; Números 19; Isaías 6, 5-6). El problema fue que, a partir de la ley escrita, se crearon una gran cantidad de leyes orales que complicaban la vida cotidiana y que hacían más importantes las especificaciones de la Ley que la Ley y su espíritu. ¿Cómo responde Jesús a esta pregunta?

1. Hipocresía: “¡Hipócritas! !Qué bien dijo de ustedes el profeta Isaías cuando escribió: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí” (v.6). Actúan como actores de teatro (llevan una máscara que oculta su verdadera identidad), parecen puros, pero al quitarse las máscaras revelan su identidad: son impuros. Confunden la limpieza corporal con la pureza del corazón. Manos limpias no significa corazón puro (que es lo que Dios pide). El problema no es lavarse las manos (que es un signo de pureza), sino tratar de hacer real la pureza del corazón a través de “manos limpias”. Se trata de ir a lo esencial sin perderse en cosas secundarias. “Religión pura e irreprochable delante de Dios Padre es esta: socorrer a los huérfanos y a las viudas cuando estén necesitados y conservarse limpio de la impureza del mundo”.  (Santiago 1,27). ¿Cómo, entonces, ser puro?

2. Escuchar: Santiago nos recuerda: “Pero llévenlo (el Evangelio) a la práctica, y no sean meros oyentes”, es decir, sepan escuchar y no solo oír. Oír es hacer uso del órgano auditivo y escuchar es oír desde el corazón para que lo escuchado penetre el corazón y se convierta en vida (criterio para vivir). De hecho, la primera invitación de Moisés al pueblo es “Israel, escucha” (Dt 4, 1). Solo escuchando se tendrá el suficiente discernimiento para saber qué viene de Dios y qué viene de los hombres ofuscando la voluntad de Dios (cf. v8). La enseñanza de Jesús también comienza con un imperativo “¿Escúchenme todos y comprendan!” (v.14b). Así, el primer paso para tener un corazón puro es tener la actitud del discípulo, que a los pies del Maestro aprende escuchando. En otras palabras, quien puede formar nuestro corazón puro es Dios y para eso debemos escucharlo. A través de la escucha, descubrimos una realidad muy hermosa que hay en nosotros: ¡por el don del Espíritu fuimos capacitados para amar!

3. Corazón: la proximidad a Dios no se realiza mediante ritos, sino a través del corazón (cfr. v.6). El corazón es el centro de la persona de donde surgen sus grandes decisiones y donde se radican sus auténticas convicciones (valores asumidos). Así, la pureza se define en el corazón: “No hay nada de fuera que, al entrar en uno, pueda hacerlo impuro. Porque dentro, en su propio corazón, concibe él el propósito de hacer cosas malas” (Cfr. v.15.21). Entonces, primero tenemos que cuidar la interioridad, porque ahí es donde se generan nuestras decisiones y acciones. Muchas de nuestras acciones no surgen de forma espontánea, sino que se construyen desde dentro hasta llegar al exterior. Por eso es importante cuidar nuestras intenciones, pasiones, sentimientos, intuiciones, afectos, emociones … en fin, el corazón. ¿Por qué lavarse las manos si el corazón está podrido? ¿Por qué actos piadosos si estamos en connivencia con la injusticia y no practicamos la misericordia? Dejemos que Dios forme nuestro corazón escuchándolo e Él. No podemos sustituir la exterioridad por la interioridad y debemos hacer de la exterioridad una expresión auténtica de un corazón purificado por Dios. Escuchar para purificar el corazón y actuar con bondad. Sólo un corazón puro es capaz de amar y hacer presente a Dios en la historia.

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